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Figón de Tinín
Sepúlveda de por sí, ya merece una escapada de vez en cuando para sentir y disfrutar la recia belleza de la Castilla profunda. Su pequeña plaza es un prodigio arquitectónico que nunca se cansa uno de admirar. Y el paisaje circundante es de los que te purifican el alma y te llenan la mochila de silencios y espiritualidad.
Si a eso le sumas una buena comida en el Figón de Tinín estarás cerca de tocar el cielo con las manos. El local tiene 160 años y se conserva más o menos como debía estar el primer día. Sobriedad castellana a tope, bajo los hermosos soportales aledaños a la plaza. Ninguna concesión al barroco, ni en el mobiliario -casi conventual-, ni por supuesto en la elaboración de la excelente materia prima: ese cordero lechal que se cría por estos lares y que es único en el mundo.
Tinín lo hace sólo con agua, sal y horno de leña. Y lo lleva haciendo así toda la vida, como sus padres, sus abuelos y sus tatarabuelos le enseñaron y él enseña ahora a sus hijos. Es un plato único en una carta única, cuyo único complemento es una magnífica ensalada mixta de las de toda la vida. Algún postre tipo helado para terminar y punto. Si quieres tomarte un café debes hacerlo en alguno de los bares de la plaza, porque Tinín no puede permitir que sus comensales se aplasten a las mesas una vez finalizado el festín. Tiene demasiados clientes esperando disfrutar del milagro de su cocina y no se pueden quedar con las ganas.
Ya sabes, si quieres comer el mejor cordero del mundo, no dejes de llamar para reservar mesa, sobre todo si es un fin de semana, porque Tinín está a 120 kilómetros de Madrid, y eso no es distancia para los miles de fanáticos del cordero que hay en el foro.
Si te puedes escapar un día de diario, tendrás la oportunidad de ver la plaza de Sepúlveda sin coches (o casi), un valor añadido para su espectacular belleza.
Noviembre 2009.
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